Para Erving Goffman, cuando un individuo desempeña un papel, solicita implícitamente a sus observadores que tomen en serio la impresión promovida ante ellos. Se les pide que crean que el sujeto que ven posee en realidad los atributos que representa ser, es decir, se les pide que crean que las cosas son como aparentan ser.
Dentro de esta lógica, encontramos dos extremos distintos del actuar: En primer lugar se encuentran los actuantes que creen por completo en sus propios actos (sinceros), en segundo lugar se encuentra el actuante que no se engaña con su propia rutina (cínicos).
Por lo demás, Goffman atribuye un papel indispensable a la actuación, la cual se ha usado para hacer referencia a toda actividad de un individuo que tiene lugar durante un periodo en el que tiene presencia continua ante un conjunto particular de observadores, y que además, puede influir en ellos.
Los individuos cuando se encuentran en presencia de otros, dotan a su actividad de signos que destacan ciertos hechos que de otro modo pasarían inadvertidos. Desde esta perspectiva, en algunos casos la dramatización no presenta problema alguno, ya que los actos que se están realizando para desarrollar una tarea están muy bien adaptados a los medios para transmitir las cualidades y atributos que el actuante quiere mostrar.
Siguiendo esta lógica, los actuantes tienden a ofrecer a sus espectadores una impresión que es idealizada de diversas maneras. Así, cuando un individuo se presenta ante otros, su actuación tenderá a incorporar y ejemplificar los valores oficialmente acreditados por la sociedad.
Por lo general, el actuante confía en que el auditorio acepte sugerencias menores como signo de algo importante acerca de su actuación. Sin embargo, este hecho puede tener implicancias desafortunadas para el actor: Que estos signos menores que el actor utiliza para acentuar parte de su actuación puedan entenderse erróneamente. Para solucionar este problema de comunicación, el actuante por lo general utilizará la mayor cantidad de sucesos menores posibles, con el objetivo de transmitir una impresión adecuada a la situación y la actuación. Ahora bien, esta coherencia expresiva requerida para toda actuación señala una discrepancia entre nuestros si mismos demasiado humanos y nuestros si mismos socializados.
Sin embargo, me parece sospechoso este último planteamiento del autor, pues la socialización te entrega una base establecida y un rol determinado de como se desempeña cada individuo. Y dentro de este sentido, los roles empleados por el individuo deben tener un punto de origen establecido, aquellos roles no creo que se configuren de forma cabal en la interacción con el otro. Y siguiendo esta idea, creo que la postura que nos plantea Goffman descansa en una concepción anti-histórica de la interacción humana, ya que no aborda de una dimensión temporal la dinámica de la interacción humana.
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jueves, 11 de septiembre de 2008
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