miércoles, 3 de septiembre de 2008

Reseña Sahara Martignoni

Mead nos expresa claramente que para él la persona como tal (inteligencia, conciencia) es algo independiente al cuerpo de este (organismo), es decir, la persona es distinguible de un organismo rodeado de cosas o de su propio cuerpo.
El individuo se puede experimentar a si mismo solo a través de los puntos de vista particulares de otros individuos pertenecientes a la sociedad, esto se logra a través de la comunicación. Este elemento es el que le da la herramienta al individuo para convertirse en un objeto para sí, pero debe ser entendido, según Mead, en el sentido de los símbolos significantes, comunicación que está dirigida no sólo a otros, sino al individuo mismo. Por lo tanto, lo que Mead quiere expresar, es que la persona es esencialmente una estructura social y surge en la experiencia social, ya que no es posible concebir al individuo fuera de la esfera social. Ahora bien, si se piensa en un ser aislada del resto, aún así no se encuentra solo, se tiene a si mismo, ya que en el proceso del pensamiento se produce una conversación interna, la cual es comunicación. Por lo que de lo anterior, Mead concluye que el individuo no es una persona en el sentido reflexivo, a menos que sea un objeto para sí.
Continuando con lo anterior, el proceso social mismo es el responsable de la aparición de la persona; ésta no existe como una persona aparte de ese tipo de experiencia, por lo que podemos concluir respecto a la persona que “la unidad y estructura de la persona completa refleja la unidad y estructura del proceso social como un todo; y cada una de las personas elementales de que está compuesta aquella persona completa refleja la unidad y estructura de uno de los varios aspectos de ese proceso en que el individuo está involucrado”[1].
La condición social antes expuesta (comunicación), que permite el surgimiento de la persona como objeto, tiene dos claros ejemplos, junto con el leguaje, que son el juego y el deporte. Esto se da, ya que la diferencia fundamental que existe entre el deporte y el juego está en que, en el primero, el niño tiene que tener la actitud de todos los demás que están involucrados en el juego mismo. Por lo que el niño ve las demás acciones de los jugadores como un “otro generalizado”, ya que los involucra a todos dentro de lo mismo, es de este modo, como es un claro ejemplo de proceso social el que se vive al emerger una persona.
Ahora bien, Mead, propone dos conceptos para separar a la persona como tal frente a lo social y la construcción de ella a través de lo social, para la primera se utilizara el “yo”, y la segunda será el “mí”. Por lo tanto, el “yo” es aquel que reacciona a la persona que surge gracias a la adopción de las actitudes de otros, por tanto introducimos el “mi” y reaccionamos a él como “yo”.
Para entender mejor la diferencia, Mead los define de la siguiente forma, el “yo” es la acción del individuo frente a la situación social, mientras que el “mí” es la serie de actitudes. Por lo tanto, el “yo” y el “mí” tal como se nos aparecen en nuestra experiencia constituyen la personalidad, siendo un aporte para explicar el proceso social que produce una sociedad cada vez más altamente organizada.
Por otra parte, Mead, propone que el espíritu es la internalización del proceso social del individuo, es decir, “la relación entre el espíritu y el cuerpo es la que existe entre la organización de la persona, en su conducta como miembro de una comunidad racional, y el organismo corporal como cosa física”[2]. Por lo que el espíritu es la expresión en su propia conducta de la situación social, y del proceso cooperativo que se lleva a cabo.
Al introducir la persona como un nuevo tipo de individuo en el todo social, luego de que el “yo” reaccionara al “mí” (adaptación), se genera un nuevo todo social debido a la aparición del tipo de espíritu nuevo. Por lo que, la sociedad sólo es posible gracias a la internalización de esa actitud social en las reacciones de toda la comunidad. Es decir, mirado desde el punto de vista del “mí”, el hecho de que el “mí” sea una miembro del grupo social, representa por tanto el valor del grupo y la experiencia que el grupo hace posible.
Por ultimo, Mead, propone una diferencia entre las teorías individualistas, y las teorías sociales de la persona. Por una parte, la psicología social que cree que surgen los individuos desde el proceso social, supone un orden social como precondición para el surgimiento de la persona, mientras que la psicología social que toma la posición que lo social surge desde los individuos, supone que las personas son preexistentes al orden social. Como ejemplo claro de estas dos posiciones nos encontramos con las teorías evolucionistas y contractuales.
[1] Mead, George H. (1999) “Espíritu, persona y sociedad”desde el punto de vista del conductivismo social”, Editorial Paidós, Barcelona. Pp. 175
[2] Mead, George H. (1999) “Espíritu, persona y sociedad”desde el punto de vista del conductivismo social”, Editorial Paidós, Barcelona. Pp. 213

3 comentarios:

Vanessa Orrego dijo...

La tesis fundamental del capítulo no es tanto que la persona se haga socialmente, sino que ella es social. En otras palabras, la persona, como aquello distinguible del cuerpo (y, por analogía, a todo lo animal), es el resultado intrínseco de un conjunto de interacciones sociales (originarias en el juego y el deporte) gracias a las cuales adquiere los distintos puntos de vista de los otros involucrados en la acción y, por consecuencia, puede convertirse en objeto de sus propias meditaciones. Este proceso de desarrollo de la persona le permitiría entonces contar con un “self” o “sí mismo” compuesto por un “mí” (las actitudes de los otros significativos”) y un “yo” (reacción o conducta).

El adjetivo social que acompañada al conductismo de Mead, lleva necesariamente a pensar que en la persona todo lo que hay, subjetiva y objetivamente, es pura y enteramente social. Saliendo de esta obviedad el autor parece no contentarse con desarrollar una tesis sobre el animal social que el ser humano y, por tanto, plantea de forma radical que “la persona en cuanto puede ser un objeto para sí es esencialmente una estructura social” (p. 172), cuya unidad, organización y coherencia están dadas por la unidad, organización y coherencia de la sociedad que la ha constituido. El modelo se me vuelve, de esa manera, muy similar (obviamente, considerando las diferencias de enfoques) al habitus de Bordieau. Ahora bien, ¿dónde quedan entonces las “histeresis”, la ambigüedad y ambivalencia que son parte de la sociedad moderna?

Otra de las críticas que se puede realizar al texto, es que Mead deja poco espacio para todas las trasformaciones que escapen del status quo. Se podría refutar estas ideas trayendo a la discusión el concepto de “yo” que desarrolla el autor, aquel elemento de la persona que se corresponde como una reacción creativa. Sin embargo, su existencia como foco para el cambio social termina siendo meramente ilusa. Si la persona es capaz y sólo existe porque puede ponerse en el lugar del otro, compartiendo símbolos y anticipándose a su acción (en su mente), se subentiende que todo “yo” es conocido de antemano o tiene una potencialidad factica de serlo. En definitiva, si al concepto de “yo” se le agrega una lectura respecto, por ejemplo, al proceso de interpretación del que es parte (en la mente del autor como del espectador) se concluye que todo lo nuevo ya esta contenido en lo viejo, y la emergencia es únicamente una perpetuación de lo antiguo.

En definitiva, creo que a la teoría le hace falta desprenderse de tanto convencionalismo y preocuparse por los elementos no correctos que se hallan en la sociedad. Indudablemente sus aportes respecto a la interacción social (especialmente la simbólica) resultan significativos para la teoría social, pero hasta que no entren en juego elementos de discordancia, ésta se ofrece a perder su capacidad para explicar el “mundo empírico”.

Camila G.R dijo...

Como complemento final de la reseña de Mead me parece importante reafirmar el argumento del autor sobre las diferencia entre las teorías individualistas y las sociales. De este modo, las teorías psicológicas sociales basadas en el individuo están relacionadas con la preexistencia del hombre a la sociedad, mientras que las teorías psicológicas sociales basadas en la sociedad afirman que esta existe antes del individuo, en donde este último no puede ser antes que la sociedad.
Así mismo, tomando en palabras de Mead “el espíritu jamás puede encontrar expresión, y jamás habría podido tener existencia sino en términos de un medio social; que una serie o pauta organizada de relaciones e interacciones sociales es necesariamente presupuesta por el e involucrada en su naturaleza”. Con esto dicho es que podemos entender el análisis realizado sobre el origen del espíritu como también detallando sobre el proceso social que le presupone que además es producto de él.
Por otro lado, para los individuos, la experiencia se le incorpora como objeto cuando posee relaciones e interacciones con los demás actores dentro de un medio social que tenga una cierta organización. Para esto, es importante entender que el proceso social no siempre depende de la interacción entre los individuos, sino que depende de la interacción que se da cuando la complejidad y la organización entran cuando ha comenzado el proceso social mencionado.

Unknown dijo...

Segun las creencia Huilliche el niño (pichiqueche) solo pasa ser gente (che), cuando aprende todas las creencias y costumbres enseñadas por sus abuelos. Las que en suma son la ley universal (adll mapu). El no respetarlas representa un desequilibrio en el territorio y la persona. No es solo su roce social , ni su acervo cultural, ni sus genes lo que lo construyen, somos parte de un todo indisoluble, lo que desconocemos aun sigue formando parte nuestra...